De alguna forma, estaba yo sentado sobre una piedra plana e inclinada, en la sombra de un árbol. No sé bien qué hacía ahí, en una zona cañera del estado de Morelos, y en el cruce de tres caminos de tierra. El campesino, muy alto y delgado, había pasado hacía poco, en una bicicleta. Ahora hablaba con otro, aparentemente encargándole unas cuantas vacas, como si tuviera que atender algún asunto surgido inesperadamente... "Yo soy Francisco Soriano." Y se hizo una pausa, durante la cual pensé que seguiría el odioso "para servirle a usted". Pero el viejo no dijo más... Nos mostró la tierra y los canales por donde corre el agua. A pesar de su edad -calculamos que tenía por lo menos sesenta y cinco años- caminaba grácil y erguido entre el monte, con mucha más facilidad que nosotros. "No, no es arcilla. Nada de arcilla, pura tierra buena." Don Francisco montó en su bicicleta. "Ustedes síganme, aunque sea despacito"-"Claro, no se preocupe." - Sonreímos estúpidamente, pensando que hablaba de su velocidad. Pero pronto tuve que decirle a Jorge que acelerara un poco, porque don Francisco se adelantaba demasiado y lo podíamos perder de vista. La camioneta Jeep brincaba por el camino de tierra. El porche de Don Francisco es lo más fresco que puede uno encontrar en esas tardes de 36 grados. Se quitó los guaraches. Nos contó de sus viajes cuando conducía camiones de carga. "Ya estoy harto de volantes. Mejor los vendí todos." - "¿Ahora en bici?" - "Sí, ahora en bici."- sonrío casi sin dientes. "¿Qué hora es la de ustedes?" - "Las tres y media"- "Ah. Las dos y media..." - ajustó don Francisco el reloj que carga en el bolsillo - "No, las tres y media"- dijo Lilia más fuerte, pensando que el viejo no había oído bien - "Las dos y media para mí. Yo no cambio hora. El presidente manda a su gente, pero no a mí." De regreso a Tepoztlán, mientras yo pensaba en cambiar la Cannondale por una bicicleta vieja tipo "turismo", Lilia retrasó su reloj una hora.
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